Hoy hace un año y lo recuerdo como si fuera ayer.

Estaba en el metro, camino al trabajo, revisando las actualizaciones nocturas de mi timeline de twitter cuando todos los tuiteros japoneses y españoles a los que sigo tuitearon lo mismo al mismo tiempo: terremoto. Estaban sintiendo un fuerte terremoto. Que tuitearan el terremoto no es raro. Cuando hay movimientos sísmicos mi timeline de twitter se llena de tuits tipo “terremotillo” o “meneíllo” o “poco movimiento pero laaaargo” y cosas así. Entre ellos comentan la intensidad, la duración y cómo lo han sentido. Pero no hay más, siguen con sus vidas, porque no lo olvidemos, los terremotos forman parte de la vida en Japón.

Sin embargo, el pasado 11 de marzo de 2011 fue diferente.

Y se sintió diferente.

Leyendo a mis tuiteros, enseguida me di cuenta de que aquel no era un meneíllo cualquiera. Era un terremoto fuerte y largo que descolocó y asustó a todos los tuiteros de mi timeline y a todos los que en esos momentos compartimos su miedo a través de las redes sociales. Leí a tuiteros asustados saliendo a todo correr de sus oficinas por las salidas de emergencia. Leí a tuiteros asustados saliendo de sus casas mientras se caían estanterías y libros. Leí a tuiteros asustados comentando la fuerte intensidad y el aviso de tsunami. Leí a tuiteros asustados que tuiteron las primeras noticias cuando el tsunami golpeó la costa de Tohoku. Leí a tuiteros asustados narrando las imágenes que estaba viendo por sus móviles. Leí a tuiteros asustados que pedían al resto de tuiteros que contactaran a sus familiares para decirles que estaban bien (internet funcionaba, pero las comunicaciones por voz se colapsaron). Leí a tuiteros asustados volviendo a casa andando, porque los trenes no funcionaban. Leí a tuiteros asustados comentando qué estaban viendo en la calle, las caras de la gente, las miradas perdidas. Leí mucho y aquel viaje en metro se me hizo eterno.

Cuando llegué a la oficina, lo primero que hice fue contactar con todos los amigos que tengo en Japón, a pesar de que sabía que algunos tan sólo habrían sentido un meneíllo, porque viven más al sur. Pero el corazón gana a la razón en estas situaciones y a pesar de que estás casi plenamente convencida de que están bien, necesitas revisar ese casi. Seguidamente me conecté a la televisión japonesa por internet, para poder ver en directo qué estaba pasando. Y se me paró el corazón. Las primeras imágenes del terremoto me sorprendieron, porque se notaba la intensidad, por supuesto, pero no me afectaron tanto como las imágenes que vi del tsunami. Cómo el mar engullía pueblos enteros y arrasaba todo lo que encontraba a su paso es una imagen que no se me olvidará jamás. La imagen del aeropuerto de Sendai completamente roadeado de agua. La imagen de barcos casi volando por encima de puentes. La imagen de coches girando ante la ola en dirección a zonas más altas. La imagen de gente en montes y montañas viendo cómo sus casas desaparecían bajo un mar negro. La imagen de fábricas en llamas.

Ese día no trabajé. No pude concentrarme en absoluto y me pasé la mañana leyendo twitter, intentando animar a la gente que estaba en Japón sufriendo la situación post-terremoto (algunos de ellos tuvieron que volver a casa andando o dormir en el suelo de un centro comercial) y escuchando y viendo las noticias japonesas. Fue un día duro, largo y emocionalmente muy cansado, pero obviamente no me quejo, porque no lo puedo ni siquiera comparar al día que sufrieron los que vivieron en primera persona el terremoto y/o el tsunami.

Recuerdo que los días (y semanas) posteriores fueron muy intensos. Los twitteros necesitaban hablar de ello, compartir su experiencia y el resto les leíamos y escuchábamos con interés y cierta preocupación. Surgió la problemática de Fukushima y empecé a seguir a twitteros expertos en energía nuclear, que tuiteaban comentarios y opiniones bien fundamentados, lejos del sensacionalismo de los medios de comunicación internacionales o el silencio de los medios de comunicación japoneses (algo que me da para otro post, la verdad). Salieron muchas imágenes y vídeos del terremoto, del tsunami, de los daños, de Fukushima… Hubo muchas entrevistas a españoles en Japón y críticas a la embajada española en Japón. Hubo huídas, gente que se alejaba de Tokio por miedo a la radioactividad. Gente que volvía a España por presión familiar y medio a la radioactividad. Gente que no sabía qué hacer, si quedarse, si irse, si ni siquiera planteárselo. Hubo paripés posteriores que se hicieron tarde y mal (ese avión fletado por el Gobierno y cómo algunos se subieron a él sólo para hacerse la foto fue vergonzoso, la verdad). Hubo muchos rumores y poca información cierta. Hubo mucha alarma social… pero creo que me estoy metiendo en una zona de opinión que bien valdría para otra entrada, ya que hoy sólo quería recordar aquel día, nada más.

Todavía hoy se me pone la piel de gallina y me entra un escalofrío cuando recuerdo el 11 de marzo de 2011.

Todavía hoy se me escapan las lágrimas cuando se habla de familias rotas, de desaparecidos que nunca se encontrarán, de daños materiales que producen dolor humano, de experiencias personales.

Ya hace un año, aunque yo más bien diría: tan sólo hace un año.

Un abrazo,

Lau

pd. Semanas después del desastre salieron muchas imágenes del antes y el después que nos hicieron ver a todos la magnitud de lo que había sucedido. Hoy os dejo con un enlace del Boston Globe (¡gracias David!) que nos muestra fotos del día del tsunami y de cómo está la zona un año después. Podéis verlas aquí. En las primeras, pinchad para ver cómo estaba la zona durante o después del tsunami, para poder comparar. Y no sé si es porque soy madre, pero desde que vi la foto de Sugimoto Yuko (que encabeza este artículo) buscando a su hijo entre los escombros, no puedo evitar las lágrimas. Dice taaaaanto. Te hace sentir taaaaanto, que casi es demasiado. En fin, espero que os guste el enlace.

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